La reina en el pabellón de las motos corrientes. Final

Ante todo, si has llegado a este punto leyendo las anteriores entregas, te agradezco la paciencia. Si no has leido los capítulos anteriores, te sugiero que empieces por aquí.

Tengo que decir que escribí  esta historia tratando de ver el problema desde cierta perspectiva, sacándolo de mi cabeza y poniéndolo negro sobre blanco. Esto me ayudó. Me hizo darme cuenta de que esta no era una historia de buenos y malos, de que aunque en ocasiones lo intentara,  yo no era el intrépido detective que desenmascaraba una trama y que,  en definitiva esta era una historia de personas, de problemas, de cosas mal hechas… de la vida.

Todo lo que has leído hasta ahora fue escrito entre el 26 de enero y el 1 de febrero de 2013. Hoy, dos años después voy a contarte lo que ocurrió esa mañana del sábado, 2 de febrero de 2013.

La mañana del 2 de febrero de 2013 hizo un tiempo horrible. Horrible,  hasta para los parámetros de febrero en San Sebastián. Se había activado una alarma por vientos fuertes de más de 100 km./hora, lluvias fuertes, frio… Era un sábado que invitaba a quedarse en la cama más allá de lo decente.

Pero yo tenía una cita en Lezo.

Me voy a por la moto.

Dije a mi mujer. Intenté parecer tranquilo. No lo estaba. Había dormido bastante mal, muchas vueltas…

¿Vas a ir sólo? No deberías. 

¿Ves?Las mujeres razonan mejor. O al menos sus razonamientos son más prácticos. Nosotros tenemos tendencias más épicas y un poco autodestructivas. O ¿sólo soy yo?

-No pasa nada.

Me voy. Cojo el coche y voy a Lezo.

Llego al polígono. Aquí está, el decorado está montado. Solo falta levantar el telón del último acto. No hay una sola alma en el polígono, el viento sopla con fuerza y llueve con cierta intensidad. En un extremo de la calle del polígono hay un container desbordado de embalajes y viejos palés. Todas las naves están cerradas.

poligono_subirSin saber por qué, paro el coche cien metros antes de la nave. La observo detenidamente mientras los limpia-parabrís del coche hacen su trabajo. No se ve ningún movimiento. Paro el coche y me bajo. La lluvia es molesta, pero llevo un gorro de lana que imagino me hace más rudo y duro. Me acerco a la puerta de la nave. Hay un timbre. Lo toco pero no se produce ningún sonido. Vuelvo a tocar. No hay resultado. Golpeo la puerta metálica con el puño varias veces. El sonido que produce no es excesivo pero no me queda duda que debe oirse en toda la nave.

Vuelvo al coche. Habíamos quedado aquí a media mañana, son las 10:30 hs. Sigo observando la nave. Pienso estar aquí toda la mañana y toda la tarde si es preciso, pero hoy no me voy sin la moto. En la radio, el programa de Pepa Fernández, en ese momento Íñigo está hablando de no se qué incomodidades que ha sufrido en una compañía aerea. No le hago caso. ¿Por dónde vendrán? Lo lógico es que si están viviendo en Lezo vengan por el extremo opuesto al que estoy ahora mismo. Creo que inconscientemente he parado el coche aquí para verlos venir. No quiero que me sorprendan. Miro el exterior de la nave. La parte superior de la fachada de la nave tiene unos ventanucos. Recuerdo el acceso a una entreplanta que ví cuando entré en la nave. ¿No será que…?

Como si quisieran corroborar mis pensamientos veo que la puerta de la nave se abre. Sale Jenny y detrás sale Nano. ¡Viven en la nave!

En ningún momento miran hacia donde yo estoy. Nano está encendiendo un cigarrillo. Vamos allá, pienso. Me bajo del coche. Cuando estoy a cinco metros Jenny se gira y me ve.

¿Pero, tú de qué vas? Me dice. Nano no levanta la vista del suelo.

He venido a llevarme mi moto. Digo. No quiero entrar en otros debates.

¿Y la denuncia? sigue Jenny. ¿Tú de qué vas? Se va calentando. Veo que Nano también está conteniéndose pero sigue sin mirarme.

No vas a tener tu moto hasta que no quites la denuncia. Lanza Jenny su desafío. Sí, sí… Te creerás que soy tan tonto.

Devuélveme mi moto y quitaré la denuncia. En este punto Nano no puede más y explota.

– MECAGÜEN DIOS PERO ERES GILIPOLLAS TE VOY A DAR UNA HOSTIA HIJO DE LA GRAN PUTA…

Ahora sí me mira a la cara. Se abalanza hacia mí. Pone su cara a pocos centímetros de la mía mientras sigue expeliendo todo tipo de insultos y amenazas. La rabia contenida durante mucho tiempo, la frustración de quien se siente víctima, el odio hacia quien él cree que le está jodiendo la vida y mil problemas más estallan ante mí y me llegan de su boca mezcladas con babas incontroladas y apestoso olor a tabaco negro.

-GILIPOLLAS DE MIERDA TE VOY A MATAR PORQUE TE DOY DOS HOSTIAS QUE… ADEMÁS, LA MOTO ESTÁ EN DEPÓSITO, YO SOY MECÁNICO Y LA MOTO ESTÁ EN DEPÓSITO, CABRÓN.

¿En depósito? ¿Qué quiere decir eso? Por un momento intento entender su razonamiento. No, este tío desvaría. En su cabeza se ha imaginado que como mecánico tiene cierto estatus en el que puede tener el vehículo de un cliente hasta cuando quiera o así. No se ha dado cuenta que ya no tiene taller, que ha pasado un año desde que dejé la moto… No, se quiere agarrar a un clavo ardiendo.

Yo solo quiero mi moto. Yo no salgo de mi discurso. Esto parece calentarle más aún. Prosigue con sus jaculatorias. Cada vez más cerca de mí, cada vez más amenazante.

No puedo decir que estuviera tranquilo, porque mentiría. Pero sí tenía calculadas mis fuerzas y las suyas. A malas, creo que no hubiera salido perdedor. Yo rondo el metro ochenta y Nano no se había ganado el mote en balde. Pero la rabia contenida en aquel ser sí me causaba miedo.

– CAGUEN DIOS QUE YO LO MATO JODER QUE LO MATO HOSTIA ADEMAS SÉ DÓNDE VIVES Y…

Eh, eh, eh! Stop! ¿Sabe dónde vivo? Mi cabeza empieza a pensar. ¿Sabe, sabe, sabe? SABE. Recuerdo las facturas de las reparaciones que le hizo a mi moto pequeña. Consta la dirección. SABE. ¡Qué cabrón! Y me está amenazando. Uf, no puedo más…

Entiendo entonces que no me das la moto ¿no? Saco el teléfono. 112. Sí, con la ertzaintza por favor. Gracias. 3 segundos. Sí, mire, estoy en el Poligono industrial de Lezo, y me están amenazando, además tienen una moto de mi propiedad en una nave que no me la quieren dar, esto ya lo denuncié y…

Se lo solté todo a toda pastilla. Quería contárselo todo por el teléfono. Las amenazas, la moto, Lezo, el polígono,  todo se mezclaba en mi torrente de palabras. Estoy convencido que el funcionario del teléfono no entendió absolutamente nada. Pero no hizo falta. De fondo escuchaba el Nano diciéndome todo tipo de insultos y amenazas. No necesitaba entender más.

Ahora mismo le mando una patrulla. Cuelgo. En ese momento, y como si su momento estelar hubiera concluido, Nano se da la vuelta y dice: –  Como que te crees tú que me voy a quedar aquí a esperar. Me voy a desayunar. Y se van los dos dejándome allí.

Hasta varios minutos después de su marcha no fui capaz de moverme. Por primera vez me di cuenta de que estaba bastante mojado, gorro incluido y que tenía los hombros en tensión. Respiré dos veces y me metí en el coche. Arranqué el coche para poner un poco la calefacción. En la radio daban pistas del crucigramarius. Sin acabar la segunda de las pistas aparece la patrulla. Son dos chicos jóvenes.

Hola Buenos días. Me dicen. -Buenos días, mire, es que yo llevé mi moto a un taller en Intxaurrondo…Sí, sí, ya lo sabemos todo. Me interrumpe. De camino aquí nos han informado de su denuncia y conocemos la situación.

Cuando dijo aquello se me abrió en cielo. Sentí un alivio inmenso. Me sentí amparado, sentí que alguien se responsabilizaba de aquello. Yo casi no podía más.

¿Le importa identificarse? ¿Puede enseñarnos los papeles de la moto? Yo saqué todo. El ertzaina miro todo detenidamente, y de repente me dice – Tiene la ITV caducada, eh? Lo miré con cara de absoluta incredulidad. Abrí la boca para quejarme pero me interrumpió. – Claro, claro, cómo la vas a pasar… Tranquilo.

Y, ¿dónde están?No lo sé. Respondí. Se fueron a desayunar. – No se preocupe, yo me quedo aquí y mi compañero irá a buscarlos.

Pasados cinco minutos, llegan Nano, Jenny y el ertzaina. Nano parece mucho más calmado. Uno de los ertzainas toma el mando de la situación. Nos situamos todos en una especie de corro. No pude dejar de pensar que aquella situación me recordaba a los finales de las novelas de Agatha Christie, en las que Hercules Poirot aclaraba el misterio y desenmascaraba al criminal delante de todos los personajes de la historia.

La moto BMW, matrícula tal y tal es propiedad de este caballero, me señala, tal y como nos ha demostrado con la documentación. Afirma Poirot. ¿Dicha moto se encuentra en esta nave? La pregunta se la dirige directamente a Nano. Nano vuelve a no mirar a la cara a nadie y asiente taciturnamente. – Vd. , se dirige a Nano, ha estado trabajando en la reparación de ese vehiculo. Nano vuelve a asintir. Antes de proceder a la devolución de la moto a su propietario ¿debe este satisfacer alguna cantidad en concepto de su trabajo? Que morro! La pregunta pilla de sorpresa también a Nano quien no es capaz de decir nada. – Yo sí quiero dejar muy claro este tema. Intervengo. Por favor,  si ha hecho algún trabajo que yo deba pagar que lo diga ahora porque yo quiero dejar zanjado este tema aquí y ahora.

Pensándolo friamente yo no debería pagar nada. Bien al contrario. Pero había escuchado amenazas que no me gustaban nada, y no quería que quedase ningún fleco. Saqué cien euros y se los di al agente. A él no quería ni tocarlo. El agente cogió el dinero y dirigiéndose a Nano, le dijo. Saque la moto de la nave. Sacó la moto y el agente le dio el dinero. Nano y Jenny cerraron nuevamente la nave y se marcharon. Yo me quedé con mi moto en la calle del polígono.

Fue un momento de felicidad.

bmw_poligono

Agradecí muchísimo la labor de los ertzainas. Me encantó la manera tan fría y eficiente de resolver el lío por parte del agente. Sin ellos hubiera sido imposible.

bmw3

Llamé al número del seguro para que me mandaran una grúa para llevarme la moto. A los diez minutos llegó la grúa. El operario era un tipo simpático y hablador. Nada más bajarse de la grúa miro la moto, lanzó un silbido y mirando la moto dijo: – Guau! una K1100, me encantan! Que te has quedado sin batería? No te preocupes te pongo las pinzas y te lo soluciono rápido.

– No, ojalá fuera tan sencillo. Contesté pensativo.

– Llévame a casa.

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EPÍLOGO: Llevé la moto a un taller de prestigio y me la repararon en 3 días. Los mismos que pasé yo enfermo con fiebre cuando pasé toda la tensión acumulada. 2 años me ha costado digerir y escribir objetivamente lo que pasó ese 2 de febrero de 2013. Por último, gracias a Stieg Larsson por prestarme, a su manera, esos títulos tan sugerentes.

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